"La literatura puede hacer tanto daño como la política. ¡O más!", repite Maria Djurdjevich contestando a mi pregunta. Y continúa diciendo que la literatura heroica, nacionalista, de gran tradición en Serbia, halaga al serbio como portador de la fuerza física y la renovación nacional, y que esa literatura ayudó muy activamente al gran resurgir del nacionalismo serbio en los años ochenta y noventa del siglo XX. El resto, ya lo sabemos: los políticos -y hubo entre ellos literatos célebres, como Dobrica Cosic- aprovecharon ese sentimiento nacionalista para llevar a cabo, con el asentimiento de una parte de la población serbia, la limpieza étnica en ese melting pot multiétnico que era Yugoslavia. Mientras escucho los argumentos de los conferenciantes, recuerdo cómo, de niña, en la Checoslovaquia comunista, nos obligaban a leer poemas y novelas llenos de odio contra el enemigo de clase, y cómo yo no comprendía por qué estaba obligada a odiar; y recuerdo haber leído, años más tarde, en una clase de literaturas eslavas en la Universidad de Chicago, poemas llenos de odio de los poetas nacionalistas serbios. Uno de esos poetas, Djura Jaksic, escribió: "Hermanos, ¡meteos en la sangre! ¡Quemad la aldea! ¡Lanzad a las llamas a niños vivos!".
(...) ¿Cuántos gobernantes contemporáneos serían capaces si no de autocastigarse, por lo menos de admitir su responsabilidad por haber transgredido la ley de los hombres? No conozco a ninguno; y es que ésta es, ya lo sabemos, la época de la irresponsabilidad en la política y no sólo en ella. ¿Lo es también en la literatura?, me pregunto (...).
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