Te
has vestido con la piel carcomida del último profeta; te has gastado la
cara hasta la extrema palidez; te has puesto una corona hecha de
espejos rotos y lluviosos jirones, y salmodias ahora el balbuceo del
porvenir con las desenterradas melodías de antaño, mientras vagas en
sombras por tu hambriento escorial, como los reyes locos.
No
me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma inconcluso,
miserable anfitrión. Puedes roer los huesos de las grandes promesas en
sus desvencijados catafalcos o paladear el áspero brebaje que rezuman
las decapitaciones. Y aún no habrá bastante, hasta que no devores con tu
corte goyesca la molienda final.
Nunca
se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos. Ni
siquiera al comienzo, cuando me conducías de la mano por el bosque
embrujado y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre
inalcanzable o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor
de miedo y de inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas! No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como una manzana de oro.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas! No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como una manzana de oro.
Demasiado apremiante, fuiste después el látigo que azuza, el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias. Demasiado moroso, me condenaste a ser el rehén ignorado, la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.
Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos
hemos disputado como fieras cada porción de amor, cada pacto firmado
con tinta que fraguas en alguna instantánea eternidad, cada rostro
esculpido en la inconsistencia de las nubes viajeras, cada casa erigida
en la corriente que no vuelve. Lograste arrebatarme uno por uno esos
desmenuzados fragmentos de mis templos.
No vacíes tu bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las desmesuradas galerías del eco.
Tampoco
yo te concedí una tregua. Violé tus estatutos. Forcé tus cerraduras y
subí a los graneros de lo que denominan porvenir. Hice una sola hoguera
con todas tus edades. Te volví del revés igual que a un maleficio que se
quiebra, o mezclé tus recintos como un anagrama cuyas letras truecan el
orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil, opaca, prisionera de mis vidriosos cielos. Estiré
tu piel seca en leguas de memoria, hasta que la horadaron poco a poco
los pálidos agujeros del olvido. Algún golpe de dados te hizo vacilar
sobre el vacío inmenso entre dos horas.
Hemos
llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma. Sé que no
habrá descanso y no, no me tientas, no, con dejarme invadir por la
plácida sombra de vegetales centenarios, aunque de nada me valga estar
en guardia, aunque al final de todo estés en pie, recibiendo tu paga. Y
no escribas entonces en las fronteras blancas "nunca más" con tu mano
ignorante, como si fueras algún dios de Dios, un guardián anterior, el
amo de ti mismo en otro tú que colma las tinieblas. Tal vez seas apenas
la sombra más infiel de alguno de tus perros.
Olga Orozco
Museo Salvaje
(1974)
(1974)
"Variaciones sobre el Tiempo"
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