domingo, 4 de septiembre de 2011

Sombra de la sombra

El nombre completo era Alberto Verdugo y Sáez de Miera, y no se puede llegar a los treinta y cinco sin perder parte (o la totalidad) de un nombre tan largo. Por eso no hay preocupación mayor en que me llamen: el licenciado Verdugo. Tiene gracia recobrar el nombre rancio convertido en apodo: El Verdugo, el rematador final de los sueños, el ejecutor, el asesino legal. Tampoco importa demasiado que el carácter haya amargado las ilusiones, si alguna vez las hubo; si puede llamarse ilusión a un conglomerado de vagas aspiraciones que se elevan, descienden y se convierten en pretextos y no guías para vivir. Lo único coherente es la voluntad de ir más allá. Verdugo de mis sueños. Pero sobre todo, verdugo de los proyectos que se hicieron por mí y para mí, verdugo de las voluntades paternas que se hacían administrador de haciendas, dueño de voluntades campesinas, propietario fabril con viaje a Europa anual en barco de la Ward Line. Contra eso fue la rebeldía y la apuesta. Como automóvil desbocado en el paseo de la Reforma corro contra lo que quisieron que fuera, y sigo corriendo aunque la meta no existe y la ausencia de triunfo es evidente. Ya no quedan el padre y la madre que inventaron aquella camisa de fuerza, ya ni siquiera queda la hilacha de lo que la camisa de fuerza fue.

Paco Ignacio Taibo