lunes, 5 de septiembre de 2011

El canto del gallo

Tengo una abuela como la palmera de las riberas, 
guardada por los años y acunada en unos brazos 
que la hacen limpia e inmensa, igual que un cielo de verano. 

Nos protege con ternura de su dureza, 
mientras se adormece el tiempo que pasamos. 
A su lado guarda un bastón, junto al fuego mortecino 
de la chimenea, y el aire de la ventana abierta juega 
a marcar con humo nuestro rostro mientras 
comíamos tostadas horneadas en la leña. 

Bebe leche con galletas y, de pronto, nos pregunta: 
¿Sabéis como le salió cresta al gallo? Ninguno 
contestamos. Antes de la creación de esta tierra, 
hace mucho, fue creado el gallo de la noche verdeante 
y volaba.
Cuando murió su padre, no había en el cielo lugar 
donde enterrarlo, ¡que apuro pasaría!. 

Así no encontró mejor tumba que su propia cabeza, 
protegiéndolo del suelo en el corral.
Ahora tiene alas pequeñas y una cresta; 
no vuela, pero el recuerdo de su padre 
trae del pico la aurora que despierta.

Después, eligió mi abuela una olla para el gallo.
Se puso en pie y aproximó el bastón
a nuestras cabezas, mientras estábamos sentados, 
y todos los pequeños salimos disparados.