Era mi amigo. Lo conocí en la Asociación donde colaboré como voluntario, al igual que él, durante muchos años. Es mayor que yo; alto, poco pelo, anda encorvado por un problema en los pies. Los dientes que tenía; picados, grandes, en una dentadura sumamente sucia e imperfecta, castigada por los vicios y el tiempo, a salvo su orgullo por contribuir a la marcha del movimiento por la dignidad y participación social de las personas con enfermedad mental. Con su pelo negro, las manos grandes, sumamente afectuoso, tenía una enfermedad mental crónica y otras discapacidades físicas graves. Todo lo que le faltaba de mente, le sobraba de corazón. Era bueno como un sol que aparece tras la tormenta. Hicimos muchas cosas juntos; salíamos, entrábamos, me contaba sus problemas con las mujeres que solían aprovecharse de él, íbamos al cine, entraba en mi casa, yo en la suya, me contaba las conversaciones con su padre que fallecería poco después, dejándole huérfano en este mundo egoísta y suicida. El incidente que me preocupa ocurrió una tarde cualquiera.
Llegué a la Asociación y allí estaba él, con su cara de pan. En aquel momento parecía contento.
Me dijo:
Llegué a la Asociación y allí estaba él, con su cara de pan. En aquel momento parecía contento.
Me dijo:
- Antonio, han estado aquí unos fotógrafos del Ministerio de Sanidad para hacer fotos de la Asociación y me han fotografiado a mí.
Que bien, contesté. Eso es bueno para todos. ¿Qué han fotografiado?
- Nada, me han metido en un cuarto, han apagado la luz y han hecho fotos de mi boca.
¿De la boca?- exclamé. ¿Qué tiene que ver eso con la Asociación?.
- No se, contestó, pero me han preguntado si me importaba, yo he dicho que no y lo han hecho.
Es extraño, muy extraño. No lo entiendo.
- Yo tampoco, contestó, pero ha sido brutal. Echaron fuera a todo el mundo para quedarnos solos. Me han puesto un foco en la boca y estiraron mis labios para hacer las fotos. Fue incómodo, pero pensé, si es por la Asociación y puede ayudar a nuestro colectivo, no me importa.
Y se rió.
Y se rió.
Hoy, cada vez que veo en una cajetilla de tabaco la boca de una persona con los dientes grandes, picados, exactamente con la misma disposición que tienen los dientes de Julio, siento un escalofrío.
5 comentarios:
me voy a encender un cigarrillo en su honor...me puso nerviosa este relato Antonio.
Un abrazo y buen día
En teoría, tenés 55 minutos para las preguntas y sólo cinco para dar una respuesta, que estoy esperando. Ya sabes que hay escritores que se tragan la máscara y otros a los que les carcome el valor. Así ha sido, la verdad ;))
Escribiré más. No de vos, por cierto. Gracias por el comentario.
Lo que cuento es exactamente cierto. Entre tú y yo no hay nadie. Sigo trabajando. Voy a leer poesía lituana:
"Monumentos nevados,
que mi ofrenda sea aceptada,
he vagado, pero no sé por dónde."
Yo también he sentido un escalofrío.
Besos.
Buenos días, Blue
Qué bueno que hayas vuelto¡
Beso
"Resulta que ha habido un malentendido.
Se tomó literalmente lo que sólo era una prueba.
Los ríos volverán a sus orígenes,
el viento dejará de dar vueltas."
Czestaw Mitosz
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