domingo, 5 de junio de 2011

Al moahda

Circulaban en la intensa quietud de la noche, haciendo sonar el calxon atropelladamente al pasar por su casa, a veces. No podía evitar oirlo, no era que le interrumpiera el sueño, pues oía sus propios pasos satinados arriba, pero esperaba el amanecer. Oír cantar el primer pájaro a las cinco y media de la mañana.

Llegó al paseo con la luminosa lluvia tenue de pelusa que invisible caía de los eucaliptos. La ropa pajeada como en una revuelta caída del cielo era una tarde de primavera, oìa el rayo ahora cierto dios en la plaza donde se despedían las olas. Le gustaba el tiempo atormentado, era parte de su sí encontrarse en él. Nunca le pasó nada. Al volver a casa, en el paso de cebra encontró grabado un me. Después empezó a llover.