En una de las ciudades que hizo Alejandro en marzo, llamadas Alejandría, cerca de Rumanía, había un barrio donde residían los sarracenos que cocinaban platos para vender; y así como se pone cuidado en la elección del vestido, se acude con frecuencia a esta zona buscando sus delicados manjares. Estando un lunes en su cocina un cocinero sarraceno de nombre Fabrat, se acercó a él un pobre con un pan en la mano. Puso el pan sobre la olla para que impregnase del humo que que de allí salía y poco a poco, entre bocado y aroma, lo fue comiendo.El tal Fabrat, no habiendo vendido lo esperado aquella mañana, lo consideró un mal presagio y, llamando a este pobre le dijo: -Págame lo que me has cogido.
El pobre respondió: -Pero si no he cogido más que humo.
-Págame lo que has cogido, insistía Fabrat.
Tan grande fue la disputa por esta insólita cuestión que llegó a oídos del Sultán de Egipto. Éste, ante tan novedoso asunto mandó reunir a los sabios y expuso el hecho.
Hubo muchos pareceres. Finalmente un sabio aconsejó: -Puesto que uno tiene como oficio vender para que otros puedan comprar, tú, justo señor, haz que el cocinero reciba el justo pago por su mercancía. Cuando vende aquello que cocina, dando al comprador algo concreto, cobra una moneda concreta, como ahora ha vendido el humo que desprenden sus ollas, haz, señor, que se le pague con el sonido de una moneda.
Y así juzgó el Sultán que se cumpliera.


