Me recordaba a aquella vez en que había visitado el Zoológico de Memphis, hacía años, antes de que me llegase la pubertad. Iba caminando con un globo atado a un palito en una mano y un cono de algodón dulce en la otra. Estaba yendo de un sitio a otro, y me acerqué hasta el foso de los osos, en donde había mucha gente congregada y mirando. Eran unos osos enormes, no sé si pardos o qué. Allí estaba sucediendo algo, eso estaba claro. Los osos estaban abajo en un gran foso lleno de rocas, con una charca artificial y una cueva artificial, viviendo una vida artificial. La gente apuntaba al foso y sonreía. Yo me abrí camino entre la multitud para ver qué pasaba. Algunos padres tenían a sus hijos encaramados al cuello, los sujetaban por las piernas. Había dos osos allá abajo en el foso, dos bolas peludas y enormes. Uno de ellos estaba de pie y el otro estaba tumbado sobre la espalda con las garras en el aire, moviendo la cabeza y mirando a la gente. Parecía un poco borracho.Miré a los osos, miré a la gente y después volví a mirar a los osos. El que estaba de pie metió la nariz entre las piernas del que estaba tumbado sobre la espalda y aspiró con fuerza. El oso tumbado sobre la espalda levantó la cabeza, puso los labios en forma de O haciendo un túnel con la boca y gruñó ¡ROOOOOOOOOOOOOO! a todo volumen. El oso que estaba de pie giró el cuello, cargó su peso alternativamente en cada pie, volvió a meter la nariz entre las piernas del otro oso y, mientras el oso que estaba tumbado agitaba las garras delanteras y gruñía ¡OOOOROOOOOOO! ¡MOOROOOOOOO! ¡GROOOOOOOO!, aspiró con fuerza.
La gente sonreía y apuntaba, mientras el oso que estaba de pie meneaba la nariz, volvía a meterla entre las piernas del otro oso y de nuevo aspiraba con fuerza. El oso tumbado cerró los ojos, agitó la cabeza y gruñó ¡BROOOOOOOOOOOOOOOO! Después se levantó y lamió al otro oso un poco, ambos lo hicieron, y entonces lentamente se giraron juntos, se metieron en la cueva y desaparecieron. La multitud seguía mirando. Yo también. Pero los osos no salían. Sentía, aun ya entonces, hace tantos años, que algo extraño y misterioso estaba sucediendo, algo que no se nos iba a permitir observar. La multitud se disipó después de un rato, de uno en uno y en grupos de dos personas, después en grupos de tres y de cuatro, hasta que yo era el único que quedaba allí. Seguía con la vista fija en la oscura entrada de la cueva, pero ya no había nada más que ver excepto el aire negro en su interior y unas formas imprecisas que se movían allí dentro. Después de un rato yo también me fui, los dejé en paz.
Larry Brown
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