En el grito del pintor noruego Edvard Munch, el artista ha relatado cómo las «lenguas de fuego» que se ven en el cuadro se las inspiró un atardecer intensamente rojizo que observó paseando por el fiordo de Oslo. Le pareció un «grito de la naturaleza» (el personaje que aparece en primer plano no está gritando, sino tapándose los oídos). Esos atardeceres «del color de la sangre» fueron muy habituales en los años que siguieron a la erupción del volcán indonesio Krakatoa, en 1883, cuya explosión fue tan violenta que se escuchó a 4.000 kilómetros de distancia, hizo que la tierra vibrase como un diapasón y puso piedras volcánicas en órbita. Su ceniza se extendió por todo el Planeta (cubrió las calles de Barcelona) y reflejó la luz de la forma en que se ve en el cuadro de Munch. En Islandia, precisamente, los cronistas cuentan que la luz del día fue tan tenue que durante casi un año no hubo sombras.Vía:
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