Un hermoso sol de octubre
lo saboreaba en la memoria.
Sorbos de dulzura los recuerdos
de una infancia remota y presente,
cuando el sol de octubre salía
para tocar las campanas
de la primera misa
y traerme los perfumes del bosque
donde corría descalzo y perseguido
por la voz afligida de mi padre:
"Gino, ven a ponerte los zapatos
que vamos a la iglesia".
Hacía sol y de pronto
dos alas negras lo apagaron.
Las alas de la Muerte que caía
a pico abierto sobre
mis hermanos desconocidos
mis compañeros nunca vistos.
Cayó, los arrebató, se los llevó en la negrura
después los dejó caer
como hojas secas
luego se fue volando sin volverse
pero con la promesa de regresar.
Oriana Fallaci
Ma’a salama.
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