Un campo desolado se extendía frente a mí, un terreno árido y polvoriento abarrotado de pedruscos grises de diversas formas y tamaños, y desperdigados entre las piedras de aquel descampado había cincuenta o sesenta hombres y mujeres, todos con un martillo en una mano y un cincel en la otra, golpeando las piedras hasta partirlas en dos, machacando luego los trozos más pequeños para romperlos en dos, y luego, triturando los más pequeños y reduciéndolos a gravilla. Cincuenta o sesenta hombres y mujeres de color agachados en el campo con martillos y cinceles, golpeando la piedra mientras el sol les machacaba la espalda, sin sombra en parte alguna y el sudor reluciendo en cada rostro. Me quedé allí largo rato, observándolos. Miré y escuché y me pregunté si alguna vez había visto algo así. La música de las piedras era ampulosa e increíble, un rumor de cincuenta o sesenta martillos tintineantes, cada uno moviéndose a su propio ritmo, atrapado en su propia cadencia, y conjuntamente formaban una armonía indisciplinada, majestuosa, un sonido que se me metió en la piel y permaneció en mi interior mucho después de marcharme de allí, e incluso ahora, sigo oyendo en mi cabeza el tintineo de aquellos martillos. Ese sonido sobrevivirá siempre en mí. Durante el resto de mi vida, esté donde esté, haga lo que haga, irá siempre conmigo.Paul Auster
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