sábado, 26 de diciembre de 2009

Queridos Indios:

El Kaatsberg o montañas Kaastshill, ha sido siempre una región de leyenda. Los indios la consideraban como la mansión de los espíritus que dominaban el tiempo lanzando nubes o rayos de sol sobre el horizonte y procurando buenas o malas estaciones de caza. Estaban dirigidos por el espíritu de una vieja india que se suponía se la madre y habitaba en el pico más elevado de las montañas Kaatshill. Se encargaba de las puertas del día y de la noche, para abrirlas y cerrarlas a la hora conveniente. Colgaba las lunas nuevas en el firmamento y recortaba las viejas para hacer las estrellas. En tiempos de sequía podía obtenerse, con adecuada propiciación, que hilara ligeras nubes de verano, formadas de telarañas y rocío de la mañana, como vedijas de algodón cardado; hasta que disueltas por el calor del sol caían en lluvia deliciosa provocando el brote de la hierba, la madurez de los frutos y el crecimiento de las mieses a razón de dos centímetros y medio por hora. Si, en cambio, se encontraba disgustada, aglomeraba nubes negras como tinta, colocándose en el centro como una araña ventruda en medio de su tela; y cuando aquellas nubes estallaban ¡qué de calamidades sucedían en el valle!.

Hace muchos años, según afirmaban las tradiciones indias, existía una especie de Manitú o espíritu que habitaba las regiones más salvajes de las montañas Kaatskill y experimentaba un malvado placer en procurar toda clase de males y vejaciones a los hombres rojos. Algunas veces asumía la forma de oso, gamo o pantera para arrastrar al extraviado cazador a uan fatigosa jonada a través de bosques intrincados y ásperas rocas, y desparecer entonces lanzando un fuerte "¡Ho!, ¡ho!, ¡ho!" dejando al despavorido cazador al borde de un escarpado abismo o de un torrente devastador.

Todavía hoy se puede ver la residencia favorita de este Manitú. Es una roca enorme en la parte más agreste de la montaña y se conoce con el nombre de Garden Rock.


Coda: Si al despertar tengo en la mano la rosa con la cual soñé, entonces, ¿qué?.

S. T. Coleridge