miércoles, 1 de octubre de 2014

Nunca más

Nunca más los gordos caballos de la muerte entrarán a la plaza
a destrozar los canteros de plantas y de flores (amarillas)
de las tipas asustadas; nunca más los bastones
golpearán con esa furia las cabezas ensangrentadas de los que ahora corren
bajo las nubes cirros, estratos, cumulus o nimbos; nunca más estas flores
de lapachos temblarán en la noche su color rosáceo al oír los aullidos;
nunca más esos aullidos cruzarán la calle subiendo desde el sótano
en el subsuelo de la madrugada.
Nunca más esos gritos terribles descarnarán la corteza de los murales
de la plaza desnuda, nunca más explotarán entre los intestinos
o las bocas del cuerpo / las convulsiones de la electricidad violenta;
(nunca más llamarás gritando a tu mamá en la violácea oscuridad lila
y azul que oyeron solamente los jacarandaes florecidos de la plaza)
Solamente?
Nunca más? No lo sé
porque hoy he visto a un tigre de Bengala correr a una gacela por la
llanura, a una boa constrictora devorar a una ranita saltarina,
a una araña correr sobre la tela al oír un zumbido.


Alfredo Veiravé

martes, 30 de septiembre de 2014

9

¿de dónde sopla el viento que abre
las pequeñas jaulas
de la memoria?
el mar está prohibido dijo una voz
que salía del mar
el mar de las desapariciones
vivíamos allí
¿se puede?
a ciegas tanteo esa sustancia oscura
que atraviesa mi cuerpo día tras día
¿dónde estoy?
ahora levanto uno de sus miles de brazos
y para esa mano más fría que el mar
que me tienden desde la costa
sólo tengo la mascarilla
de la Madonna de los gritos


Dolores Etchecopar

Seiscientos rojo

Tenía un seiscientos rojo. Rojo intenso, "como tu espíritu", solía decirle su padre. Cuando ponía en marcha esa cafetera que se hacía llamar coche, todo el mundo le miraba. En el centro comercial, en la playa de moda, en la salida del bar. Su motor estridente y su chapa abollada por los golpes de los años se convertían en el centro de las miradas, despertando disimuladas risas al compás de sus andares. Pero a él le daba igual. A veces, hasta le gustaba. Le excitaba que desconocidos transeúntes se detuviesen a observarle, a su coche y a él. Los días con demasiado tiempo, incluso reducía la velocidad para poder alargar este pequeño placer. Lo que más le agradaba es que esos ojos desconocidos, que le miraban con ingeniudad, no sabían nada del seiscientos, ni del greñudo con barba de seis días sentado al volante, ni de los polvos que se habían vivido en el asiento de atrás. Aun así, los observadores asentían con la cabeza cada vez que le veían, creyendo conocer todo sobre él. Que el coche era sacado del desguace, que el greñudo al volante gritaba paz y amor todos los días al levantarse, tenía un zoológico de piojos en su cabeza y era vegetocomunista activo, y que el asiento de atrás estaba decorado con esperma y fluidos vaginales de personas desconocidas para el conductor y para los propios amantes de una noche, que dejaron su huella en ese coche follando con unos y con otros.. Cómo se equivocaban. Marcos vivía en un barrio residencial, con tres sirvientas y cinco súbditos, y prefería conservarse virgen; trabajaba como jefe de guerras clandestinas en callejones de la ciudad - Un oficio desconocido, pero bien remunerado. Sus víctimas favoritas eran los niños descalzos con restos de mugre alrededor de su corazón-, y su melena tan sólo era fruto de un deseo, que un día u otro llegaría a cumplir: Poder limpiarse el culo con su larga cabellera, el sueño de muchos americanos adictos a extraños estupefacientes que distorsionan demasiado la realidad. Su espíritu rojo se había desteñido. Todos los principios en los que creyó se habían ido a la mierda. Y eso le gustaba.


Huelga de latidos
Horizontes negros, surgid.
Horizontes negros, besadme.
Eso es todo; demasiadas mentiras; que matan tan barato;
bebés tan baratos; la sangre, la gente tan barata; y
la tierra alta, la tierra querida; un pedazo de tierra
cuesta; una mamada en la teta de la madre tierra, tan
limpia y tan fuerte, cuesta; vallas, periódicos,
sheriffs; cercas, leyes, armas; y tantas
estrellas y tan pocas horas de sueño; tan grande
la canción y tan poco el caminar para seguir
cantando; echa un vistazo; las guerras por venir; ríos rojos
para cruzar.
Horizontes negros, surgid.
Horizontes negros, besadme.

Carl Sandburg

He dormido donde un amigo

He dormido donde un amigo hasta la siete de la tarde
Ahora sé que el Diazepam es lo mismo que el Valium 10
Los gallos cantan a cualquier hora
Salgo al patio
Hay cinco gatos vagos cuyos nombres no conozco
Pero me saludan como a un viejo colega.
Llega mi amigo. Salimos a beber Santa Emiliana a la calle Capitán Avalos
Somos los últimos en salir del boliche
Y tal vez mañana los primeros en llegar.

Hace años no me despertaban los gallos a esta hora
Estoy en un lugar donde se lee: “The Ring”
Los libros de Rubén Azócar y “La Balada del Café Triste”.

No sé por qué tengo una ceja rota
¿Escribiré una nueva carta al Suicida?
¿Viajaré al Deep South a mirar a los últimos trenes a vapor?
¿Comeré kuchen de manzana en donde aún se creen alemanes?
¿Leeré versos a quiénes sólo escuchan a Julio Iglesias?

Con una chaqueta de terciopelo
Que alguien que creía amarme me regaló en Madrid
Y una horrenda corbata obsequio del poeta Cameron
Veo morir el atardecer en la Gran Avenida
“Muerte no te enorgullezcas”.
Qué importa terminar como Stan Laurel
Haré cuenta que fui actor de una mala película
Cuyo guión no dejé redactar a nadie más.


Jorge Teillier